Hoy le di la mano a mi ansiedad. Nos vimos cara a cara en un breve momento de lucidez en que la luz del sol de una mañana después de un merecido aunque insuficiente descanso iluminó los rostros de las dos. Acordamos que aun temblarían mis manos un poco, pero se acallarían algunas de las voces en mi cabeza; que ella diría todo lo que yo no, por mí; que sobre la ira momentánea, esporádica, se pondrían algunos paños mojados, como curitas; que en momentos de desesperación, se haría reina de mí nuevamente y aunque eso no fuese cura, alguna mejoría sería. Acordamos que una tiene que dejar ganar a la otra a veces, que habrá que aprender a ceder si se quiere algo de paz; que se hará un esfuerzo por disminuir las rememoraciones, aunque fuese con divagaciones, a falta de otro método. Acordamos todo al vapor del café matutino; ella prometió momentos de silencio y tranquilidad, yo le serví un poco más de combustible y le aseguré que su taza nunca estaría vacía.